¿Qué es lo más importante en la vida? ¿Qué es lo que más valoramos y buscamos? ¿Qué es lo que nos llena de sentido y propósito? ¿Es a Dios?, Pues bien, esa debería ser la respuesta, pues es el mandamiento más grande que Dios nos ha dado: amar a Dios sobre todas las cosas. 

Pero, ¿qué significa realmente amar a Dios? ¿Cómo podemos cumplir este mandamiento? ¿Qué implica y qué beneficios nos trae? En este artículo vamos a ver lo que la Biblia nos enseña sobre el amor a Dios, y cómo podemos practicarlo en nuestra vida diaria.

Contexto bíblico lo que significa amar a Dios sobre todas las cosas

El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas se encuentra en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por una parte, en el Antiguo Testamento, Dios le dijo a su pueblo Israel: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:4-5). 

Este mandamiento era parte del pacto que Dios hizo con Israel, y era la base de toda la ley y los profetas. Es decir que para cumplir toda la Ley era necesario cumplir con este mandamiento, pero no se podía cumplir este mandamiento sin también cumplir con toda la Ley.

Por otra parte, en el Nuevo Testamento, Jesús reafirmó este mandamiento como el primero y el más grande de todos. Cuando un escriba le preguntó cuál era el principal mandamiento de la ley, Jesús le respondió: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12:29-30). 

Jesús también añadió el segundo mandamiento, que es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Estos dos mandamientos resumen toda la ley y los profetas (Mateo 22:40).

Pero, ¿Qué significa amar a Dios con todo el corazón?

Amar a Dios con todo el corazón significa entregarle nuestra voluntad, nuestros afectos y nuestros deseos. También, implica poner a Dios en primer lugar en nuestra vida, por encima de cualquier otra persona o cosa. 

Con ello, se nos está expresando que no puede haber nada ni nadie más importante que Dios en nuestra vida, ni siquiera nosotros mismos. Además, significa buscar su voluntad y su gloria en todo lo que hacemos, confiar en él y obedecerle con alegría. De igual modo, implica ser fieles a él y no dejarnos seducir por los ídolos del mundo, como también, tener un corazón limpio y sincero delante de él.

Lo que significa amar a Dios con toda la mente y el alma

Amar a Dios con toda la mente y el alma significa dedicarle nuestro entendimiento, nuestra razón y nuestra memoria. Es decir, conocer a Dios por medio de su palabra y su revelación para poder conocer lo que Él quiere para nuestra vida y obedecer a ello.

También, significa meditar en sus obras y sus atributos, y renovar nuestra mente conforme a su verdad y su sabiduría, para guardar su palabra en nuestro corazón y recordarla siempre. De igual modo, implica alabarle con nuestra boca y adorarle con nuestro espíritu.

Lo que significa amar a Dios con todas nuestras fuerzas

Amar a Dios con todas nuestras fuerzas significa emplear nuestros recursos, nuestros talentos y nuestras capacidades para su servicio. Es decir, se trata de usar nuestro cuerpo como instrumento de justicia y santidad, para llevar su mensaje de salvación y contribuir en la expansión de su Reino. 

De igual modo, significa trabajar con diligencia y excelencia para su reino, así como dar generosamente de lo que tenemos para su obra. Pero, también implica resistir al mal y hacer el bien por amor a él, y soportar las pruebas y las tentaciones con paciencia y fe.

¿Cómo podemos amar a Dios sobre todas las cosas?

Amar a Dios sobre todas las cosas no es algo que podamos hacer por nuestra propia fuerza o mérito, sino que es un don de Dios que él nos da por medio de su gracia y su Espíritu Santo. De hecho, para poder amar a Dios sobre todas las cosas necesitamos lo siguiente:

Recibir su perdón y salvación

La Biblia nos enseña que el pecado hace que el corazón humano no sienta amor por Dios, sino rechazo y hostilidad. De hecho, el apóstol Pablo dice que los hombres son por naturaleza objetos de la ira divina, rebeldes a Dios y enemigos suyos (Efesios 2:2,3).

Pero afortunadamente, Dios, «por causa de su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo» (Efesios 2:4-5).

Así que, ahora somos salvos por la gracia a través de la fe; y el fruto de esto es que, aunque antes éramos enemigos de Dios, ahora somos «hechura de él, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Efesios 2:8-10).

Esto implica que el hombre solo puede amar a Dios sobre todas las cosas gracias a la obra transformadora que hizo en él por medio de Cristo y por el poder del Espíritu Santo. Así que amar a Dios es también un regalo que procede de la salvación; es una oportunidad que procede de la propia gracia de Dios.

El apóstol Juan lo deja muy claro cuando escribe lo siguiente: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Por lo tanto, nuestro amor por Dios surge del propio amor de Dios por nosotros.

Guardando sus mandamientos

La segunda forma de amar a Dios es demostrándolo con nuestros hechos al obedecer sus mandamientos. De hecho, el mismo Jesús dice lo siguiente en el libro de Juan: Recuerda las palabras de Jesús: «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.» (Juan 14:15)

Recordemos que no basta con solo decir que amamos a Dios, sino que es necesario guardar los mandamientos que Dios nos da en su palabra. Para ello, debemos escudriñar las escrituras y esforzarnos por aplicar sus mandamientos y ordenanzas en nuestra vida personal diariamente.

No debes jactarte de amar a Dios

En tercer lugar, amar a Dios sobre todas las cosas no debe ser nunca una razón para presumir delante de los hombres. Esto es debido a que ya hemos visto que el origen de nuestro amor hacia Dios está en Dios mismo, con la demostración de su gracia; no en nosotros mismos. Por lo tanto, no debemos cometer el error de los fariseos, que hacían de su piedad un espectáculo para autoalabarse.

El gran fin de nuestro amor a Dios sobre todas las cosas debe ser siempre la gloria de Dios. Es decir, Dios debe ser honrado en la forma en que lo amamos; y su gracia debe ser reconocida y su nombre ensalzado en la forma en que nos relacionamos con él.

Reflexión final

Amar a Dios sobre todas las cosas es el propósito y el gozo de nuestra existencia, es lo que Dios espera y merece de nosotros, pero también lo que nos hace felices y plenos. También, es lo que nos prepara para la vida eterna y no hay nada más importante ni más hermoso que amar a Dios sobre todas las cosas. Que Dios nos ayude a cumplir este mandamiento con todo nuestro ser.

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