“He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” Apocalipsis 3:20

Imagina que estás en la sala de tu casa, con un ambiente preparado para ver exclusivamente tu película favorita rodeado de amigos y familiares. La película comenzó y justo en el momento crucial cuando el protagonista va a dar el salto al vacío donde no sabes qué será de él, si sobrevivirá o no; suena el timbre de tu casa de manera insistente.

Tienes dos opciones, puedes ignorar el sonido que viene de tu timbre, hacer como que no pasa nada y seguir disfrutando de lo que está pasando en tu película favorita que tanto habías esperado, o puedes hacer una pausa, calmar a tus amigos y familiares y decirles que necesitas atender a quien está detrás de la puerta.

Hacer una pausa. 

En una vida tan acelerada como la que vivimos hoy, tan llena de sucesos, compromisos, responsabilidades y cosas por hacer, no siempre acostumbramos a hacer pausas que nos permitan autoevaluarnos, revisar si todo marcha bien o si necesitamos mejorar algo para seguir adelante.

Ponte a pensar, por ejemplo, ¿cuántas veces al año te realizas un chequeo médico como lo recomiendan los doctores para verificar que todo esté en orden? Que dices del odontólogo ¿lo visitas por prevención o porque ya no aguantas el dolor?

Dios en su naturaleza divina, siempre se ha enfocado en preservar la vida del hombre que creó, nunca un problema lo tomó por sorpresa, siempre se adelanta a lo porvenir y espera que nosotros hagamos lo mismo.

La gracia de Dios. 

Dios insiste en acercarse a nuestras vidas a través de su gracia. Esta representa un regalo que recibimos de parte Dios aun sin merecerlo. No se trata de si cumples con ciertos requisitos que te hagan digno de obtener algo en específico, simplemente a Dios le place dártelo. 

Cuando Dios creó los cielos y la tierra vio que era bueno en gran manera y para finalizar su creación hizo al hombre a su imagen para que se multiplicara y así establecer su gobierno en la tierra.

Dios no se esperaba que la maldad del hombre fuera tanta a tal punto de llegar a arrepentirse de haberlo creado. “Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” Génesis 6:6 

No pretendo que al leer este pasaje pienses que somos parte de una generación la cual Dios se arrepintió de haber traído a la existencia. Al contrario, nuestra vida desde el principio fue establecida desde la dimensión de la gracia. 

La maldad en la tierra era tan insoportable que descubrió aun lo más profundo de Dios y para los que creen que Dios es indiferente ante la maldad, aquí puedes notar que le duele a tal punto que toca su corazón. Es así como un padre cuando observa que su hijo no está haciendo lo correcto y decide disciplinarlo con la vara de la corrección.  

Génesis 6:7-8 “Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho. Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová”.  

Solo aquellos que han experimentado la gracia pueden dar fe del amor inmenso de Dios para su vida. Noé formaba parte de la lista de personas que no calificaban para seguir viviendo, pero la gracia le permitió recibir aquello que no merecía. Dios insiste en acercarse a ti a través de la misma gracia que lo hizo con Noé para entregarte aquello que tal vez humanamente no mereces pero que puede salvar tu vida y llevarte a lo que tanto anhelas.

Una extraña aparición. 

Indiscutiblemente a Dios no se le puede entender con una mentalidad estrecha. Se necesita la mente de Cristo para poder comprender las formas tan sorprendentes como Dios actúa.

Dios insiste en acercarse a nuestra vida a través de lo inusual e inimaginable. Así fue como Moisés experimentó su primer encuentro con Dios, por medio de una zarza ardiente. 

“Y se le apareció el ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía” Éxodo 3:2

¡Qué extraña pero increíble aparición! Moisés estaba apacentando las ovejas de su suegro Jetro -Éxodo 3:1- cuando de pronto se da cuenta que una zarza lo llama por su nombre. Esta es la manera insistente del Señor en querer hablar a tu vida para mostrarte su plan.

No importa si estás en medio de tu arduo trabajo o si atraviesas un largo desierto de soledad, tristeza o estás en tu mejor tiempo de alegría, Dios hará acto de presencia para llevarte a nuevos desafíos donde verás su favor, gracia y misericordia.

Dios está a la puerta.

Por eso es necesario en medio de una sociedad tan acelerada, prestar atención a la manera en que Dios busca acercarse a nuestras vidas. Para la vida de Noé fue determinante, para Moisés fue especial y para ti, sin duda será glorioso.

La palabra de Dios enseña que Dios está a la puerta llamando. A la espera de que tomemos la determinación de atender a la cita divina que ha planificado a nuestro favor. Cuando abres tu corazón, Jesús entra para llenarlo porque lo más valioso de una persona es su corazón.

En Cristo no hay pérdida y es por ello que la mejor decisión que puedes tomar es correr a su presencia. 

“He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” Apocalipsis 3:20

No ignores cuando el timbre de tu casa está sonando, tal vez detrás de la puerta está la respuesta que por años has estado esperando. Cristo puede sorprenderte de cualquier forma, recuerda, para Dios no existen imposibles y su insistencia es para bendecirte.

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