Efesios 4:2

“Siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor.”

Una característica grandemente valorada en muchos hombres es sin duda un carácter humilde, esto incluso para aquellos que no conocen al Señor. El que actúa con arrogancia y orgullo tiende a ganarse el desprecio con facilidad, porque hiere a los que viven con sencillez.

El Señor aborrece algunas características de los hombres y en otras se complace, como en el caso de la soberbia a la cual rechaza, pero la humildad es demandada por él a sus hijos. El texto nos invita a practicar varias bases del carácter de un hijo de Dios, pero sin duda es la humildad el principio de todas estas. 

¿Humildes o pobres?

Con el paso del tiempo el significado de humildad se ha desvirtuado y muchos creen que tiene que ver más con el estado económico de alguien que con su carácter. La humildad no tiene nada que ver con dinero, sino con una disposición de corazón a la sencillez, en donde no se busca resaltar ni estar por sobre nadie.

Cuando se es humilde, el tener el mérito, el ser reconocido o el querer que los demás nos vean como superiores no son cosas que tengan importancia alguna. Por el contrario, el humilde sirve, ayuda, comparte, se esfuerza, pero busca hacerlo todo con discreción sin esperar reconocimiento.

Es justo este tipo de carácter el que al Señor le agrada, por eso el apóstol motiva a los efesios a que siempre actúen de esta manera. El mismo apóstol es un ejemplo de humildad, ya que siendo un hombre que había logrado mucho en cuanto al trabajo de la fe, siempre se presentaba como un siervo al servicio de Jesús.

En el andar con el Señor la humildad es necesaria, porque solo el humilde reconoce que el autor y protagonista en todos los escenarios es Cristo. Por más que un hombre pueda ser utilizado por Dios, no hay razón alguna para que este se gloríe de ello, porque todo proviene del padre.

Santiago 4: 10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.

Humildes y más

El apóstol les pide que aparte de ser humildes, también practiquen la amabilidad, la paciencia y la tolerancia por amor. Pero todas estas nacen de la humildad, porque cuando se es de corazón sencillo, las otras características brotan naturalmente, ya que viven entrelazadas.

Los hombres de Dios que hoy gozan de renombre en la escritura fueron marcados por un carácter de humildad. Cuando pensamos en personajes como Pablo, Juan, Abrahán, David nos damos cuenta de que, aunque tuvieron renombre y posición, nunca se vieron a sí mismos como poderosos o fuertes, sino que su fortaleza era Dios.

Pero sin duda el ejemplo más alto en todo sentido siempre será nuestro Señor Jesús, quien siendo Dios tomo forma de hombre dejando atrás su gloria. Estando en la tierra, no tomo por discípulos a reyes u hombres poderosos, sino a los simples y sencillos, hizo maravillas, pero dio la gloria al Padre.

Compartió de todo cuanto tenía sin esperar le regresaran y sirvió a los suyos, aun cuando estos eran imperfectos, cuidándolos, tolerándolos, amándolos y corrigiéndolos con toda paciencia. No se puede ser del Señor sin ser humilde, porque no estaríamos siendo como Cristo.

Sé cómo Jesús

La arrogancia, la vanagloria y el orgullo, provocaran heridas, conflictos y separación, más la humildad ganara el corazón de muchos y alegrara el corazón del Padre. Quien vive con humildad vive como Jesús, amando la sencillez, dándole valor a lo que de verdad lo merece y procurando servir sin buscar reconocimiento.

Esfuérzate porque tu corazón sea humilde y para esto se inicia dándole prioridad al Señor en todo, porque un hombre humilde siempre reconocerá que la fuerza de su corazón se llama Jesús.

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