Marcos 4: 5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. 6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

Cuando hablamos de la raíz de un árbol o una planta, nos referimos a la parte más importante. Este es el elemento donde se absorbe el agua y las sales minerales disueltas, y es la que se encarga de fijarla en el suelo. 

En este caso podemos decir que una mala raíz, o una raíz que no ha sido cuidada, pueden terminar acabando con el fruto, o haciendo que la planta muera. 

Asimismo pasa con nuestra vida espiritual, o nuestra vida de fe, cuando nuestra raíz no es cuidada, podemos terminar padeciendo, porque no hay nada que nos mantenga seguros fijados en el suelo. 

Cuando el maestro habla de la raíz, en la parábola del Sembrador, podemos tomar esta reflexión pata nuestras vidas. Dice que la semilla que cae en tierra de poca profundidad, pero no tiene raíz puede terminar secándose. 

Ahora bien, que podemos decir que es una persona sin raíz:

  • Una persona sin comunión con Dios. 
  • Poca, o nada de lectura por la palabra. 
  • Sin vida de oración. 
  • Sin intimidad hacia el padre. 

Cuando tenemos este tipo de fe, nuestra vida queda sumergida al campo de las emociones, y cuando venga la palabra de Dios no la podremos sostener, porque nuestra raíz no ha sido cuidada. 

Lo que es peor aún, cuando venga la tempestad, podemos quedarnos atrapados en el conflicto porque nuestra fe solo se acomodó al terreno superficial, pero no hay nada de raíz en ella. 

Todos los días de nuestra vida debemos preguntarnos: ¿Qué fundamento guía mi vida?, es el espíritu santo, Cristo está en mí, o solo vivo a expensas de la fe de alguien más. 

Vivir sin raíz es dejarnos llevar por las emociones, vivir sin raíz es no aceptar o entender la voluntad de Dios. Incluso, cuando no cuidamos ese fundamento, que se edifica en nuestro mundo interior, podemos llegar a refutar hasta la palabra que Dios ha destinado para nuestras vidas. 

Hoy en día debemos saber cómo estamos edificando nuestra fe. La vida de fe no se edifica a través de lo que leo por internet, la vida de fe se edifica apartando un tiempo para Dios, orando y meditando en su palabra, para que sea el mismo Señor, trabajando nuestros corazones. 

En versículos después Jesús le explica a sus discípulos la parábola, y en medio de este versículo les enseña lo que no es tener raíz: “pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan”. 

Cuando no tenemos una raíz profunda en Cristo, somos personas de corta duración; una vez llegue la tribulación, el pecado, o la persecución, nuestra fe mengua, porque no hemos cuidado su profundidad. Es así como perdemos el enfoque y después caemos en una sequedad espiritual, que no proviene del padre. 

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