“¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros, las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac. Entonces os dije: No temáis, ni tengáis miedo de ellos. Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos.” Deuteronomio 1:28-30.

El pueblo de Dios estaba frente a la tierra prometida y Moisés envió 12 espías para traer un informe de ella. Durante cuarenta días, estos “agentes 007 de Israel”, observaron el lugar y quedaron asombrados. Sin embargo, diez de ellos pusieron su mirada en la estatura de los gigantes a quienes debían conquistar, y ¡adiós a la fe en las promesas de Dios!

Sí, era cierto que esos enemigos parecían invencibles, era cierto que le llegaban a la cintura, era cierto que eran guerreros experimentados, y las murallas impenetrables… “¡Hombre, hay que ser realista!”, me parece oírle decir a uno de los espías miedoso. Sin embargo, Dios había dicho que Él iba con ellos y que pelearía por Israel, por lo tanto, tenían la victoria asegurada. Mientras la realidad indicaba imposibilidad, la fe debía movilizarlos a la conquista.

¡Qué problema es sacar a Dios de la ecuación! Las dudas en sus promesas terminan provocando incredulidad, y Dios aborrece la incredulidad. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Además, la incredulidad arrastra a otros. Observa esta frase: “Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón”. Los comentarios de los espías se esparcieron por el pueblo y todos dejaron de creer en la promesa de Dios. El final fue castigo y prohibición de entrar a la tierra prometida por cuarenta años.

Hay que ser realista, buen observador, calcular los costos y organizarse bien. Pero después, ¡hay que avanzar! Un hijo de Dios no puede quedarse llorando por la realidad cuando tiene miles de promesas divinas que le aseguran la guía, el cuidado y la provisión de Dios.

“Pero alégrense todos los que en ti confían; den voces de júbilo para siempre, porque tú los defiendes; en ti se regocijen los que aman tu nombre. Porque tú, oh Jehová, bendecirás al justo; como con un escudo lo rodearás de tu favor”. Salmo 5:11-12.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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